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Lunes 14/06/2021
  • El poeta ha querido homenajear con este libro a su amiga Mari Pepa Estrada, que versionó El Rapto de Europa, de Rembrandt

Reportajes

Eduardo Martínez rinde homenaje a Europa

  • El profesor explica que el Reino Unido fue, paradójicamente, la cuna de su europeísmo

El escritor y catedrático escoge Mijas Semanal para mostrar un adelanto de su próximo libro, que versará sobre la historia de este continente

Desde mis primeros encuentros con Europa, traté de desentrañar su historia y para ello sobrevolar nuestro viejo y hermoso continente sin pormenorizar en la historia de cada una de las naciones que la componen. ¿Era un proyecto romántico en el sentido de exaltación de la libertad, emocionalidad y sentimentalidad frente a la lógica y a la razón?

Existía un motivo primigenio que había cultivado durante años de mi juventud y que crecía y crecía alimentado por mis estudios jurídicos y de economía que conjugaba con largos veranos en Inglaterra. España malvivía económicamente, reflejo de la política estéril e insoportable bajo la severa férula de la dictadura franquista y los veranos en Londres fueron las vacaciones de la libertad. Allí conocí, alemanes, italianos, belgas, holandeses, luxemburgueses, suizos, franceses, griegos, y, por supuesto, muchos ingleses. Recuerdo que el Linguist Club, cuyo lema ‘Mutual understanding is peace’ expresaba  clara y concisamente su razón de existencia, era uno de mis círculos favoritos, frecuentado por jóvenes estudiantes que de forma generalizada se llamaban europeos, aunque a nivel individual y en sus pasaportes ostentasen la nacionalidad de sus países, igual que ahora, sesenta años más tarde. Recuerdo que bauticé Londres con el nombre de ‘el paraíso de la juventud española atormentada’. Celebramos un bautismo simbólico, yo fui el padrino y la madrina una simpática inglesa llamada Ana Morris.

Paradójicamente, fue el Reino Unido la cuna de mi europeismo y desde muy joven deseaba que mi nacionalidad fuese europea. Pensaba que ser leonés y español eran circunstancias accidentales, que no habían dependido de mí, sino de mis padres; las respetaba, pero la decisión de ser europeo era mi elección libre e independiente. Me parecía más interesante ser ciudadano de un continente que de un fragmento espacial aunque tuviese un largo acervo histórico. Nunca pude entender la frase de “estar orgulloso de ser español”, muy frecuente en tiempos de la dictadura. Ser o no ser de una nacionalidad es una condición circunstancial, no es una virtud ni un mérito profesional, ya que no ha dependido de tu voluntad, sino de la de tus progenitores o ancestros.

Por otra parte, considerarme ciudadano del mundo me parecía una exageración. Con este vital deseo de libertad e independencia comencé mi larga carrera que tenía como meta ser europeo.

Asiduo lector de Cervantes, había encontrado en el Quijote una frase que aprendí de memoria: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. Y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Desde niño he sido un profundo estudioso de la mitología. Mi madre cultivaba mi fecunda imaginación y me leía la Iliada, la Odisea, la Eneida, la Biblia, la Divina Comedia o el Paraíso Perdido, obras de eximios autores que enriquecían mi numen e iluminaban mis sueños, porque ella sabía que yo era un soñador, ya que cuando me preguntaban que quería ser, siempre respondía con determinación: ¡Yo quiero ser poeta! Mis héroes más admirados eran Homero, Hesíodo, Virgilio, los Evangelistas, Dante Alighieri, Shakespeare, John Milton. Así, la Teogonía de Hesíodo era uno de mis libros de cabecera.

Pronto conocí el mito de Europa, el rapto de la princesa fenicia por Zeus, el dios todopoderoso, metamorfoseado en blanco toro, que la condujo montada en sus albugíneos lomos surcando el Mare Nostrum, desde las playas de Tiro hasta el litoral meridional de Creta, en el que la montaña desciende a pico sobra las olas de la mar. Cerca de la ciudad de Gortina le reveló su nombre y Zeus se unió a la blanca princesa. De sus amores engendraron tres hijos célebres: Minos, Sarpedón y Radamante.

La princesa fenicia había soñado anteriormente en el palacio de su padre Agenor que dos tierras que tenían el aspecto de mujeres se peleaban por ella: la tierra de Asia y la tierra de Enfrente. Asia quería protegerla; la otra, por deseo de Zeus, quería conducirla a otra tierra sobre las olas del anchuroso Ponto.

En este breve artículo es mi deseo recordar a mis conciudadanos mijeños, tan europeos, que sus ancestros míticos son Europa, la princesa fenicia y el gran Zeus, padre de dioses y hombres. Con estos ancestros no es de extrañar que el viejo continente, a pesar de ser el segundo más pequeño de los cinco de la madre Gea, posea el más espléndido acervo cultural, artístico e intelectual de occidente. Los derechos romanos y germánicos cimentaron normativa e institucionalmente el continente de la princesa fenicia Europa y del olímpico Zeus.

 

Eduardo Martínez y Hernández, poeta y profesor

Catedrático en Derecho Constitucional y poeta por pasión, este mijeño de vocación cuenta con años de trabajo a sus espaldas. Este leonés afincado en nuestro municipio se muestra como un gran amante de las letras y, es por ello, que a lo largo de su vida profesional nunca ha dejado de formarse, centrándose, principalmente, en los estudios relacionados con la información, la educación o los derechos humanos, entre otros.